Guerra y Paz
Guerra y Paz Unos labios ardientes se posaron en sus labios y en aquel instante se sintió libre de nuevo; en la salita hubo un ruido de pasos y se oyó el rumor del vestido de Elena. Natasha miró a Elena; después, roja y temblorosa, miró a Anatole con aire asustado y se dirigió hacia la puerta.
—Un mot, un seul, au nom de Dieu[330]— decía Anatole.
Natasha se detuvo. ¡Le era tan necesario escuchar esa palabra que pudiera explicarle todo lo ocurrido y a la que ella habría contestado!
—Nathalie, un mot, un seul— repetía Anatole, sin saber cómo seguir; y lo repitió hasta que Elena estuvo a su lado. Elena volvió a la sala con Natasha. Los Rostov se fueron sin quedarse a cenar.
Natasha no pudo conciliar el sueño en toda la noche. La atormentaba un problema insoluble: ¿amaba a Anatole o al príncipe Andréi? Amaba al príncipe; recordaba muy a lo vivo cómo lo había amado, pero también quería a Kuraguin, eso era indudable. “De otro modo, ¿cómo podía haber ocurrido lo que sucedió? —pensaba—. Si, después de todo, al despedirme he podido responder a su sonrisa con la mía, si he podido llegar a eso, es que lo he amado desde el principio. Es bueno, noble, apuesto; no podía dejar de amarlo. ¿Y qué hacer, cuando lo amo a él y amo al otro?”, se repetía, sin encontrar solución a esas terribles preguntas.