Guerra y Paz

Guerra y Paz

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—¿Qué es lo que temes?

—Que sea tu perdición— respondió Sonia con energía, asustada ella misma de sus palabras.

El rostro de Natasha volvió a expresar la cólera de antes.

—¡Me perderé! ¡Sí, me perderé, y cuanto antes será mejor! No es asunto vuestro. Las consecuencias las pagaré yo, y no vosotros; ¿qué os importa? ¡Déjame! ¡Déjame! ¡Te odio!

—¡Natasha!— exclamó Sonia asustada.

—¡Te odio! ¡Te odio! ¡Siempre serás mi enemiga!— y salió corriendo de la habitación.

Natasha no volvió a hablar con Sonia. La evitaba. Con la misma expresión de estupor y culpabilidad, iba de una habitación a otra, empezando ya una cosa, ya otra, y dejándolo todo al momento.

Sonia, aunque le resultara penoso en extremo, no la perdía de vista ni un momento.

La víspera de la vuelta del conde, Sonia notó que Natasha permanecía sentada toda la mañana junto a la ventana de la sala, como si esperara algo, y que hacía señas a un militar que pasaba en coche a quien Sonia tomó por Anatole.

Desde entonces observó con mayor atención a Natasha y la notó muy rara durante la comida y el resto de la tarde. Respondía desatinadamente a las preguntas, comenzaba frases que luego no concluía y se reía de todo.


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