Guerra y Paz
Guerra y Paz —Pero, ¿qué querÃas que hiciéramos?— levantó MarÃa DmÃtrievna la voz, exaltándose de nuevo. —¡Vaya! ¿Es que te hemos tenido encerrada alguna vez? ¿Quién impedÃa a ese hombre venir a casa a verte? ¿Por qué iba a raptarte como a una gitana cualquiera? Y si te hubiera raptado, ¿crees que no lo iban a encontrar? Tu padre, tu hermano, tu novio. ¡Ese hombre es un miserable, un canalla, eso es!
—¡Vale más que todos ustedes!— gritó Natasha incorporándose. —Si no lo hubieran impedido… ¡Oh, Dios mÃo! ¡Sonia! ¿Por qué, por qué? ¡Márchense ya!— y sollozó con la desesperación del que llora por un mal del que se sabe culpable.
MarÃa DmÃtrievna quiso hablar, pero Natasha gritó:
—¡Márchense! ¡Márchense de una vez! ¡Todos me odian, me desprecian!
Y volvió a arrojarse sobre el diván. MarÃa DmÃtrievna siguió hablándole algún tiempo, tratando de convencerla de que habÃa que ocultar al conde lo sucedido, de que nadie se enterarÃa de nada si ella hacÃa por olvidarlo todo y hacer ver a los demás que nada habÃa sucedido. Natasha no contestaba; habÃa dejado de sollozar, pero toda ella temblaba, sacudida por escalofrÃos. MarÃa DmÃtrievna le puso una almohada bajo la cabeza, la cubrió con dos mantas y le trajo un poco de tila, pero Natasha no se movió.