Guerra y Paz

Guerra y Paz

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El príncipe Andréi quería irse en seguida, pero la princesa María le suplicó que se quedara un día más. Durante esa jornada, el príncipe Andréi no vio a su padre, que no salió de sus habitaciones ni recibió a nadie, salvo a mademoiselle Bourienne y a Tijón, y preguntó varias veces si su hijo se había ido. Al día siguiente, antes de partir, el príncipe Andréi fue a la habitación de su niño. El chiquillo, robusto y de cabellos rizados como los de su madre, se sentó en sus rodillas. El príncipe Andréi comenzó a contarle el cuento de Barba Azul, pero no lo concluyó y se quedó pensativo. No pensaba en el hermoso niño, en su hijo, mientras lo tenía sobre las rodillas, sino en sí mismo. Buscaba desesperado y no encontraba dentro de sí el arrepentimiento por haber irritado a su padre ni la pena por separarse de él, por primera vez en su vida, en aquel estado de discordia.

Pero lo más importante era que no hallaba tampoco en sí la ternura que antes sentía por su hijo y que confiaba reavivar acariciando al niño y sentándolo en sus rodillas.

—¡Cuenta, cuenta!— decía el pequeño.

Sin contestarle, el príncipe Andréi bajó al niño de sus rodillas y salió de la habitación.


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