Guerra y Paz
Guerra y Paz —AndrĂ©, una cosa te pido, te suplico— dijo tocando el brazo de su hermano y mirándolo con sus ojos resplandecientes a travĂ©s de las lágrimas. —Te comprendo bien— y bajĂł los ojos. —No creas que el dolor viene de los hombres; ellos no son más que un instrumento de Dios— mirĂł con seguridad algo por encima del prĂncipe AndrĂ©i, de la manera como se mira hacia un lugar conocido donde hay un retrato. —El dolor nos lo envĂa Dios, no es culpa de los hombres. Los hombres no son más que un instrumento; no son culpables. Si te parece que alguno es culpable ante ti, olvĂdalo y perdona. No tenemos el derecho de castigar, y entonces comprenderás la felicidad que hay en el perdĂłn.
—Si yo, Marie, fuese mujer, lo harĂa— dijo Ă©l. —Es una virtud de mujeres. El hombre no puede ni debe olvidar y perdonar.
Y aunque hasta aquel momento no pensaba en Kuraguin, toda la ira no descargada reviviĂł.
“Si la princesa MarĂa procura convencerme de que perdone, significa que hace tiempo debĂa haber castigado”, pensĂł. Y sin contestar a su hermana imaginĂł, con malĂ©vola alegrĂa, el feliz instante de su encuentro con Kuraguin, de quien sabĂa que se hallaba en el ejĂ©rcito.