Guerra y Paz
Guerra y Paz —¿Se han dado cuenta de que en el manifiesto se dice “para deliberar”?— observó Pierre.
—Bueno, para lo que sea…
En aquel instante, Petia, a quien nadie prestaba atención, se acercó a su padre y, muy colorado, con voz que mudaba, tan pronto aguda como bronca, dijo:
—Ea, papá, ahora lo voy a decir, y a mamá también; tomadlo como queráis, pero tenéis que dejarme ir al ejército… porque no puedo más… ¡Y eso es todo!…
La condesa, horrorizada, alzó los ojos al cielo, juntó las manos y, enfadada, se volvió al marido:
—¡Ya está! ¡Ya lo has conseguido!
Pero el conde se recobró al momento de su emoción:
—¡Vaya, vaya! ¡Menudo guerrero! Déjate de tonterías. Lo que tienes que hacer es estudiar.
—No son tonterías, papá; Fedia Obolenski es más joven que yo y se va; y lo principal es que, de todas maneras, yo no podría estudiar ahora cuando…— Petia se detuvo, enrojeció intensamente, pero concluyó, sin embargo: —Cuando la patria está en peligro.
—Basta, basta de tonterías…
—¡Pero si usted mismo ha dicho que lo daríamos todo!
—¡Cállate, Petia!— gritó el conde, mirando a su esposa, que había palidecido y no apartaba los asustados ojos de su benjamín.