Guerra y Paz
Guerra y Paz —Pues ya lo sabe. Piotr Kirílovich le dirá…
—Pues yo te repito que son tonterías. Es un bebé que quiere ir de soldado. ¡A ti te lo digo!
Y el conde, cogiendo el manifiesto, seguramente con intención de leerlo de nuevo en su despacho, antes de la siesta, se dirigió a Pierre:
—Vamos a fumar, Piotr Kirílovich.
Pierre se encontraba indeciso y confuso. Los ojos de Natasha, insólitamente brillantes y animados, vueltos hacia él con algo más que cariño, lo habían puesto en esa situación.
—No, me parece que… Me iré a casa…
—¿A casa? Pero si quería quedarse toda la velada… Cada día lo vemos menos por aquí… y ella— añadió bonachonamente señalando a Natasha —sólo se alegra cuando está usted aquí…
—Me había olvidado… Tengo que irme sin falta… los asuntos…— añadió presuroso.
—Bueno, bueno; hasta la vista— dijo el conde, abandonando la habitación definitivamente.
—¿Por qué se va? ¿Por qué está disgustado? ¿Por qué?— preguntó Natasha a Pierre mirándole retadora a los ojos.
“Porque te amo”, habría querido contestar él. Pero no lo dijo; enrojeció hasta el punto de llorar y bajó los ojos.