Guerra y Paz

Guerra y Paz

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Precisamente su condición de niño le garantizaba éxito, pues esperaba ser presentado al Emperador (creía, por cierto, que todos se asombrarían de su extrema juventud); pero al mismo tiempo, en la manera de ponerse el cuello, en el peinado y en sus maneras graves y moderadas, trataba de parecer mayor. Conforme avanzaba por la calle, más se entretenía contemplando a la gente que iba hacia el Kremlin y olvidaba la gravedad y moderación propias de los adultos. Cuando estuvo cerca del Kremlin tuvo que preocuparse de no ser arrollado por la muchedumbre; con resolución y aire amenazador sacó los codos. Al llegar a la puerta de la Trinidad, la multitud, que ignoraba al parecer sus intenciones patrióticas, lo empujó de tal manera contra el muro que a pesar de toda su decisión tuvo que detenerse mientras los coches pasaban ruidosamente por debajo del arco. Junto a Petia había una mujer de pueblo con un lacayo, dos mercaderes y un soldado retirado. Al cabo de un rato de estar parado en la puerta, Petia quiso adelantarse a todos, sin esperar a que pasaran los coches, y de nuevo se abrió paso a codazos. Pero la mujer (la primera que recibió los golpes del muchacho) se volvió furiosa:

—¿Por qué empujas, señorito? ¿No ves que todos esperan? ¿A qué viene empujar?

—¡Todos podrían intentarlo!— dijo el lacayo, que también puso en acción los codos y empujó a Petia hacia un rincón maloliente de la puerta.


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