Guerra y Paz

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—¡El Emperador! ¡El Emperador!

Esta palabra recorrió, de un extremo a otro, las salas; todos se precipitaron a la entrada. El Emperador atravesó el salón entre una doble hilera de nobles. Todos los rostros expresaban curiosidad, respeto y temor. Pierre estaba bastante alejado y no pudo oír bien las palabras del Soberano. Comprendió solamente que hablaba del peligro en que se hallaba el país y de las esperanzas que él tenía en la nobleza de Moscú. Otra voz contestó al Zar, explicando las decisiones tomadas por la nobleza.

—Señores— dijo el Emperador con voz trémula. Un leve murmullo recorrió la muchedumbre, que se aquietó de nuevo, y Pierre pudo oír claramente la agradable y conmovida voz del Emperador. Decía: —Nunca he dudado del celo de la nobleza rusa, pero en este día ha superado mis esperanzas. Os doy las gracias en nombre de la patria. Señores: hay que actuar. El tiempo es precioso…

Alejandro guardó silencio: los nobles se agruparon más estrechamente a su alrededor y por todas partes resonaron aclamaciones entusiastas.

—Sí, lo más preciado… es la palabra del Zar— decía sollozando Iliá Andréievich, que no había oído nada pero comprendía todo a su manera.


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