Guerra y Paz

Guerra y Paz

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La princesa se pasaba la mitad del día con Nikólenka, dirigiendo sus estudios; le enseñaba ruso, música y conversaba con Dessalles. El resto del día lo dedicaba a sus libros, a la anciana niñera y a los peregrinos que acudían a verla por la escalera de servicio.

Pensaba sobre la guerra lo mismo que todas las mujeres; temía por su hermano, que estaba en el ejército, y sentía profundo horror ante la incomprensible crueldad de los hombres, que se mataban unos a otros, pero no comprendía lo que significaba; pensaba que era como todas, a pesar de que Dessalles, su constante interlocutor, apasionadamente interesado por el curso de las operaciones militares, procuraba explicarle sus puntos de vista; a pesar de que la gente de Dios contaba horrorizada, cada uno a su modo, los rumores que circulaban entre el pueblo sobre el advenimiento del Anticristo; a pesar de que Julie —ahora princesa Drubetskaia— había reanudado su correspondencia con ella y le escribía desde la capital cartas muy patrióticas.

Escribo en ruso, querida amiga, porque odio a los franceses, lo mismo que su idioma, que ni puedo oír hablar… En Moscú todos seguimos entusiasmados con nuestro adorado Zar.

Mi pobre marido pasa fatigas y hambre en posadas judías, pero las noticias que me envía sirven para animarme más.


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