Guerra y Paz
Guerra y Paz —¡Asà no! ¡Eso queda mal!— dijo un mujik muy alto de rostro redondo y alegre, cogiendo un cofrecillo de manos de una doncella. —Vale dinero, ¿eh? Si lo echas de cualquier manera o lo colocas debajo de una cuerda puede rozarse. Eso no me gusta. Todo tiene que quedar en orden; ponlo bajo la arpillera y cúbrelo con algo de paja. Asà está bien.
—¡Cuántos libros!— exclamó el que sacaba las estanterÃas de la biblioteca del prÃncipe Andréi. —¡Cuántos libros! Tú, no te pongas en medio. Y vaya cómo pesan, muchachos.
—SÃ, han escrito mucho, no se iban de juerga— comentó el mujik alto de cara redonda, haciendo un guiño y señalando los diccionarios que habÃan quedado encima.
Rostov, que no querÃa imponer su amistad a la princesa, prefirió quedarse en la aldea esperando que ella saliera. Cuando vio que el coche de la princesa abandonaba la casa, montó a caballo y la acompañó hasta el camino ocupado por las tropas rusas, a unos doce kilómetros de Boguchárovo; en la posada de Yánkovo se despidió respetuosamente de ella y por primera vez se permitió besarle la mano.
Cuando la princesa le manifestó su agradecimiento por haberla salvado, según ella decÃa, Rostov se ruborizó y dijo: