Guerra y Paz

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—¡Oh, no me avergüence usted! Cualquier policía habría hecho lo mismo. Si sólo tuviéramos que hacer la guerra a los mujiks, el enemigo no habría penetrado tan dentro de Rusia— añadió como avergonzado por algo, procurando cambiar de conversación. —Estoy encantado de haberla conocido. Adiós, princesa; le deseo felicidad y consuelo. Desearía verla en circunstancias más felices. Si no quiere ruborizarme, le suplico que no me agradezca nada.

Pero si no lo hizo más con palabras, la princesa manifestaba su agradecimiento con toda la expresión de su rostro, que resplandecía de gratitud y ternura. No podía creer que no hubiese motivos para estarle agradecida. Al contrario: para ella era indudable que, sin él, habría caído en manos de los campesinos sublevados y de los franceses y que él, para salvarla, se había expuesto a grandes y evidentes peligros; no cabía duda de que era un alma elevada y sensible que había sabido entender su situación y su dolor. Sus ojos nobles y bondadosos, humedecidos por las lágrimas cuando ella se echó a llorar contándole su desventura, no se apartaban de su imaginación.

Cuando se despidió de él y quedó sola, la princesa María notó que los ojos se le llenaban de lágrimas y entonces, y no por primera vez, se preguntó si lo amaba.


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