Guerra y Paz

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—¡Es él en persona!— exclamó un cosaco que hacía la guardia a la entrada de la casa.

Bolkonski y Denísov se acercaron al portalón donde había un pequeño grupo de soldados —la guardia de honor— y vieron a Kutúzov, que sobre un caballo bayo de escasa alzada avanzaba por el camino. Lo acompañaba un nutrido séquito de generales. Barclay iba casi a su lado. Una muchedumbre de oficiales corría detrás y a los lados, gritando “¡hurra!”.

Los ayudantes de campo, adelantándose, entraron al galope en el patio. Kutúzov espoleaba impaciente el caballo, que avanzaba con cierta lentitud bajo su peso, inclinaba sin cesar la cabeza y llevaba continuamente la mano a su gorro blanco de caballero de la Guardia (con ribete encarnado y sin visera). Cuando llegó junto a la guardia de honor, que le presentó armas, compuesta por gallardos granaderos, casi todos condecorados, los miró durante unos instantes en silencio, con atenta mirada, y se volvió hacia el grupo de generales y oficiales que lo rodeaban. De pronto, su rostro adquirió una expresión socarrona y encogió los hombros con gesto de extrañeza.

—¡Retroceder! ¡Retroceder siempre con hombres como éstos!— dijo. —Bueno, hasta la vista, señores— y dirigió su caballo hacia el portalón, pasando por delante del príncipe Andréi y Denísov.


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