Guerra y Paz

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—¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!— gritaron a sus espaldas.

Desde la última vez que el príncipe Andréi lo viera, Kutúzov había engordado más, estaba más adiposo e inflado; pero su ojo blanco, la cicatriz y la expresión de cansancio en su rostro y en toda su figura, que él conocía tan bien, seguían siendo los mismos. Llevaba su levita de uniforme (de una delgada bandolera pendía la fusta) y se balanceaba pesadamente sobre su bravo caballito.

—Uf… uf… uf…— resopló quedamente al entrar en el patio. Se leía en su rostro la alegría del hombre que piensa descansar después de las fatigas de la parada militar. Sacó el pie izquierdo del estribo y pasó con dificultad la pierna sobre la silla, basculando todo su cuerpo y arrugado el rostro por el esfuerzo; dobló la rodilla, carraspeó y se apoyó en los brazos de los cosacos y ayudantes que lo sujetaban.

Se ajustó la levita, miró en derredor con los ojos entornados, que detuvo en el príncipe Andréi sin reconocerlo al parecer, y se encaminó con su paso desigual hacia la entrada.



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