Guerra y Paz

Guerra y Paz

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—Uf… uf… uf…— resopló de nuevo y miró una vez más al príncipe Andréi. Al cabo de unos segundos, la vista de aquel rostro debió unirse al recuerdo de su persona (como es frecuente en los ancianos). —¡Hola, príncipe! ¿Qué tal? ¡Bienvenido, querido! Vamos…— dijo con aire cansado, sin dejar de mirar en derredor; y subió los peldaños del zaguán, que rechinaron bajo su peso.

Se desabrochó la levita y tomó asiento en el banco que había en el porche.

—Dime, ¿cómo está tu padre?

—Ayer supe que había muerto— respondió brevemente el príncipe Andréi.

Kutúzov miró al príncipe Andréi con ojos asustados y muy abiertos; después se descubrió e hizo la señal de la cruz.

—¡Dios lo tenga en su gloria! ¡Que se cumpla su voluntad con todos nosotros!— suspiró profundamente. Después guardó silencio. —Lo quería y estimaba, y comparto tu dolor con toda mi alma.

Abrazó al príncipe Andréi, estrechándolo fuertemente contra su orondo pecho, y lo retuvo así mucho tiempo. Cuando volvió a separarse de él, Bolkonski notó que los inflados labios de Kutúzov temblaban y brillaban lágrimas en sus ojos. Suspiró y se apoyó con ambas manos en el banco para levantarse.

—Vamos, vamos adentro y hablaremos— dijo.


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