Guerra y Paz
Guerra y Paz Pero en aquel instante, Denísov, que se arredraba tan poco ante los jefes como ante el enemigo, subió decididamente los peldaños del zaguán, con ruido de espuelas, a pesar de que varios ayudantes trataran con severos susurros de impedírselo. Kutúzov, con las manos apoyadas en el banco, miró con disgusto a Denísov, quien se presentó y manifestó que debía comunicar a Su Excelencia algo de gran importancia para el bien de la patria. Kutúzov lo miró con ojos cansados y con un gesto de contrariedad, retiró las manos del banco y cruzándolas sobre el vientre repitió:
—¿Por el bien de la patria? Bien, ¿qué es? Habla.
Denísov se ruborizó como una muchacha (resultaba extraño ver sonrojado aquel rostro bigotudo, maduro y propenso a la bebida). Comenzó a exponer con decisión su proyecto de cortar la línea enemiga de operaciones entre Smolensk y Viazma. Denísov había vivido mucho tiempo en aquella región y la conocía bien. Su plan parecía indiscutiblemente bueno, gracias sobre todo a la convicción con que lo exponía. Kutúzov miraba hacia sus pies y de vez en cuando echaba alguna ojeada hacia el patio de la isba vecina, como si de allí esperara algo desagradable. Y de la isba a la que Kutúzov miraba mientras Denísov exponía su proyecto salió, en efecto, un general con una cartera bajo el brazo.