Guerra y Paz

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Kutúzov lo miró interrogativamente.

—Y sobre todo— siguió el príncipe Andréi, —me he acostumbrado a mi regimiento. Estimo a los oficiales y me parece que la gente me quiere. Sentiría tener que abandonar el regimiento. Si no acepto el honor de estar junto a usted, créame…

El grueso rostro de Kutúzov adquirió una expresión inteligente, bonachona y levemente maliciosa al mismo tiempo. Interrumpió a Bolkonski.

—Lo siento; me eres necesario, pero tienes razón, tienes razón. No es aquí donde necesitamos hombres. Siempre sobran los consejeros, pero los hombres auténticos faltan. Las unidades no serían lo que son si todos los consejeros sirvieran en los regimientos como haces tú. Me acuerdo de ti desde Austerlitz… Sí, sí, te recuerdo bien, con la bandera.

La alegría encendió el rostro de Bolkonski al oír esas palabras. Kutúzov tiró de su mano y le tendió la mejilla para que se la besara; una vez más el príncipe Andréi vio lágrimas en los ojos del anciano. Y aunque el príncipe Andréi sabía que Kutúzov tenía las lágrimas fáciles y si lo trataba con tanto cariño era por el deseo de mostrar su condolencia en su dolor, el recuerdo de Austerlitz le resultó muy grato y lisonjero.


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