Guerra y Paz

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La mujer del pope, con una sonrisa que aumentaba los hoyuelos de sus coloradas mejillas, lo acompañó hasta la habitación. El ayudante de campo salió en busca del príncipe Andréi, que se había quedado en la terraza, y lo invitó a comer. Media hora después Kutúzov lo hizo llamar de nuevo. El general en jefe, tumbado en un diván, seguía con la guerrera desabrochada. En una mano tenía un libro francés, que cerró al ver a Bolkonski, poniendo como señal el cortapapeles. Les chevaliers du Cygne, obra de Mme de Genlis, pudo leer el príncipe Andréi en la cubierta.

—Bueno, siéntate. Siéntate aquí y hablemos— dijo Kutúzov. —Es triste, muy triste. Pero recuerda, amigo, que yo soy para ti un padre, un segundo padre…

El príncipe Andréi contó a Kutúzov lo que sabía de los últimos momentos de su padre y lo que había visto al pasar por Lisie-Gori.

—¡A qué situación… nos han llevado!— dijo de pronto Kutúzov con voz conmovida; el relato del príncipe Andréi le recordaba sin duda con especial claridad la situación en que se hallaba Rusia. —¡Que den tiempo, tiempo!— añadió con expresión iracunda. Y no deseando proseguir aquella conversación que lo emocionaba, añadió: —Te hice llamar para tenerte junto a mí.

—Gracias, Alteza— respondió el príncipe Andréi, —pero no creo que sea útil para los Estados Mayores— dijo con una sonrisa que no pasó desapercibida.


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