Guerra y Paz
Guerra y Paz Pensar que entre aquellos miles de hombres sanos, jóvenes o viejos, que con alegre curiosidad habían mirado su sombrero, veinte mil estaban condenados a morir (quizá los mismos que ahora tenía delante) impresionó profundamente a Pierre.
“Tal vez mueran mañana. ¿Por qué piensan en algo que no sea la muerte?” Y de súbito, por una misteriosa asociación de ideas se imaginó vivamente la bajada de la cuesta de Mozhaisk, los carros de los heridos, el repique de las campanas, los rayos oblicuos del sol y las canciones de los soldados de caballería.
“Los jinetes van a la batalla, se cruzan con los heridos y no piensan un solo instante en lo que les espera; pasan ante los heridos y les guiñan el ojo. Y de todos esos hombres, veinte mil están destinados a morir. ¡Y todavía se asombran de mi sombrero! ¡Qué extraño es todo eso!” Así pensaba Pierre mientras se dirigía a la aldea de Tatárinovo.
Junto a la casa de un terrateniente, a la izquierda del camino, había numerosos coches, furgones, una muchedumbre de asistentes y centinelas. Era el Cuartel del Serenísimo.
Pero cuando llegó Pierre él no estaba y no había casi nadie del Estado Mayor. Todos habían ido a la iglesia, donde se celebraba un tedéum. Pierre siguió adelante, en dirección a Gorki.