Guerra y Paz
Guerra y Paz En Borodinó, sobre las orillas del Kolocha y especialmente a la izquierda, por donde entre tierras fangosas desagua el Voina, la niebla se fundía, se disipaba, y cuando, esplendoroso, salía el sol, teñía y perfilaba mágicamente todo cuanto se veía a través de sus rayos. A la niebla se había unido el humo de los disparos y a través de él penetraban también los rayos de la luz matinal, bien reflejada en el agua, bien en el rocío o en las bayonetas de los soldados que se apelotonaban en las márgenes del río y en el pueblo. A través de la neblina se divisaba la iglesia blanca y, de vez en cuando, los tejados de las isbas, grupos compactos de soldados, las verdes cajas de las municiones y los cañones. Todo se movía o parecía moverse, porque la niebla y el humo se extendían sobre todo aquel espacio. En las depresiones que velaba la niebla cerca de Borodinó, y más arriba, sobre todo hacia la izquierda de la línea de combate, entre bosques, campos y hondonadas, así como en las alturas, brotaban por sí solos incesantes chorros de humo, unas veces aislados y otras amontonados, frecuentes o solitarios, que se inflaban y crecían, se arremolinaban y fundían en todo aquel espacio.
Esas humaredas de los disparos, sus sonidos, aunque parezca increíble, constituían la máxima belleza de todo cuanto se veía.