Guerra y Paz
Guerra y Paz La infantería desapareció entre la humareda y se oyeron sus prolongados gritos y continuas descargas de fusilería. Pasados unos minutos sacaron de allí gran número de heridos y parihuelas. Los proyectiles caían en la batería con mayor frecuencia; algunos soldados yacían en el suelo. Junto a los cañones, los servidores se movían con más animación aún; nadie se fijaba ya en Pierre. Un par de veces le gritaron coléricos que se apartara del camino. El jefe de la batería, con las cejas fruncidas, pasaba de una pieza a otra, a grandes zancadas. El oficialito joven, más encendido aún, seguía dando órdenes a los soldados, con mayor celo que antes. Los artilleros se pasaban de unos a otros las cargas y cumplían su misión con tensa bravura. Saltaban como movidos por resortes.
La nube que amenazaba tormenta se había acercado y en todos los rostros ardía aquel fuego cuyo estallido esperaba Pierre; ahora de pie junto al jefe de la batería oyó que el oficial jovencito, con la mano en la visera, decía:
—Mi coronel, tengo el honor de comunicarle que no tenemos ya más que ocho cargas. ¿Ordena que continuemos el fuego?
—¡Metralla!— gritó el jefe, sin contestar a la pregunta del oficial. Y siguió mirando por encima del parapeto.