Guerra y Paz

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Llevaron a la tienda al príncipe Andréi y lo colocaron en una mesa recién desocupada, de la cual un practicante limpiaba algo. El príncipe Andréi no podía darse cuenta de lo que allí ocurría: los penosos gemidos procedían de todas partes; los insoportables dolores de la cadera, la espalda y el vientre le impedían prestar atención. Cuanto veía en derredor se fundía en una impresión general de cuerpos humanos desnudos, sanguinolentos, que llenaban toda la baja tienda, haciéndole recordar cómo, unas semanas antes, en un cálido día de agosto, esos mismos cuerpos llenaban el estanque fangoso del camino de Smolensk. Sí, eran los mismos cuerpos, aquella misma chair à canon cuya vista, ya entonces, parecía predecir lo de ahora y que tanto horror le había inspirado.

En la tienda había tres mesas; dos estaban ocupadas y al príncipe Andréi lo colocaron en la tercera. Lo dejaron solo un momento y pudo ver, involuntariamente, lo que ocurría en las otras mesas. En la más próxima estaba tendido un tártaro, seguramente un cosaco, a juzgar por el uniforme tirado en el suelo. Entre cuatro soldados sujetaban al herido. Un médico con lentes cortaba algo en su espalda morena y musculosa.

—¡Uf! ¡Uf! ¡Uf!— parecía gruñir el tártaro, y, de pronto, alzó el rostro, negro, de pómulos salientes y chata nariz.


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