Guerra y Paz
Guerra y Paz En cuanto puso la cabeza sobre el almohadón sintió que se dormía. Mas, de pronto, con una claridad semejante a la realidad misma, oyó el ruido de los proyectiles, los gemidos, los gritos, el estallido de los granadas; sintió el olor de la sangre y la pólvora y se apoderó de él un sentimiento de horror y de miedo a morir. Abrió asustado los ojos y levantó la cabeza. En el patio todo estaba tranquilo; un asistente pasó por delante del portón y cambió unas palabras con el guarda. Encima de Pierre, bajo el oscuro envés del sobradillo, algunas palomas rebulleron inquietas por el ruido que hizo al incorporarse. Por todo el patio se extendía el pacífico olor de la posada, en aquel instante tan grato para Pierre: a heno, estiércol y alquitrán. Entre los dos negros cobertizos se veía un cielo puro y estrellado.
“Gracias a Dios que ha pasado todo —pensó cubriéndose de nuevo la cabeza—. ¡Oh! ¡Qué terrible es el miedo y cómo fui dominado por él! ¡Qué vergüenza! Y ellos… ellos, todo el tiempo, hasta el fin, permanecieron firmes y serenos.”
Ellos, en la mente de Pierre, eran los soldados, los de la batería, los que lo habían invitado a comer y los que rezaban ante el icono. Ellos, esos seres extraños a los que nunca había conocido hasta entonces, se diferenciaban claramente del resto de las personas.
