Guerra y Paz

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El día 30 Pierre regresó a Moscú. Casi en las mismas puertas de la ciudad se encontró con un ayudante del conde Rastopchin.

—¡Y nosotros buscándolo por todas partes!— le dijo el ayudante. —El conde necesita verlo sin falta. Le ruego que vaya ahora mismo. Se trata de un asunto muy importante.

Pierre, sin pasar por su casa, tomó un coche de punto y se dirigió a la residencia del general gobernador.

El conde Rastopchin había llegado aquella misma mañana de su villa de Sokólniki. En la antesala y en la sala de recibir se agrupaban los funcionarios, unos que habían sido llamados y otros que acudían a pedir órdenes. Vasílchikov y Plátov habían visto ya al conde y le habían explicado que era imposible la defensa de Moscú y que la ciudad iba a ser entregada. Aunque la noticia se ocultaba a la población, los funcionarios y jefes de las diversas administraciones sabían que Moscú iba a ser abandonada al enemigo, igual que lo sabía el conde Rastopchin; todos ellos, para eludir responsabilidades, acudían a preguntar al general gobernador qué debían hacer con los servicios encomendados.

Cuando Pierre entraba en la sala de recibir, un correo del ejército salía del despacho del conde.

A las preguntas que le hicieron se limitó a contestar con un gesto desesperado y cruzó la sala.


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