Guerra y Paz

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Pero Natasha no cedió. Sacó todos los objetos, los embaló de nuevo, diciendo que no era preciso llevarse las alfombras muy usadas ni la vajilla ordinaria. Cuando hubo sacado todo de los cajones, volvió a meterlo ordenadamente. Y, en efecto, dejando lo que no merecía la pena llevar, en los dos cajones cupieron los objetos más valiosos. Pero el cajón de los tapices no acababa de cerrarse. Habrían podido quitar algo todavía, pero Natasha se empeñaba en cerrarlo sin sacar nada. Colocaba las piezas de una manera y de otra, apretaba, obligaba al cantinero y a Petia, a quien hizo participar en aquel trabajo, a presionar también la tapa, y ella misma hacía esfuerzos desesperados.

—Basta, Natasha— dijo Sonia. —Veo que tienes razón; pero quita el que está encima.

—No quiero— replicó Natasha, reteniendo con una mano los cabellos que le caían sobre el rostro sudoroso y apretando con la otra los tapices. —¡Aprieta tú, Petia! Presiona tú también, Vasílich— gritaba Natasha.





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