Guerra y Paz

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Como suele ocurrir, a última hora quedaban muchas cosas olvidadas, los paquetes estaban mal colocados y durante bastante tiempo dos lacayos esperaron ante la portezuela abierta de la carroza para ayudar a subir a la condesa, mientras las doncellas corrían con almohadones y paquetes de la casa a los coches y de éstos a la casa.

—¡Siempre se olvidan de algo!— dijo la condesa. —Sabes bien que no puedo sentarme así.

Duniasha, con los labios apretados y sin decir nada, pero con un gesto de reproche en el rostro, subió a la carroza y acomodó el asiento de otra manera.

—¡Ah, qué gente!— decía el conde, moviendo la cabeza.








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