Guerra y Paz
Guerra y Paz El viejo cochero Efim, el único con quien la condesa se atrevía a salir, estaba sentado en su alto pescante sin volverse siquiera para ver lo que ocurría a sus espaldas. Sus treinta años de experiencia le decían que no le darían pronto la señal de partida, y que, aun cuando se la dieran, lo detendrían aún otras dos veces para ir a buscar paquetes olvidados, y que después de eso lo harían parar otra vez y la condesa sacaría la cabeza fuera de la ventanilla y le suplicaría en nombre de Cristo que condujera con prudencia en las bajadas. Sabía todo eso. Y por esta causa, con más paciencia que los caballos (sobre todo el de la izquierda, Sokol, que empezaba a inquietarse y mordía el freno), esperaba lo que iba a ocurrir. Por último todos se acomodaron; levantaron el estribo, cerraron la portezuela y mandaron a buscar un cofrecillo. La condesa sacó la cabeza y dijo lo que tenía que decir. Entonces Efim se quitó lentamente el sombrero y se santiguó. El postillón y todos los criados hicieron lo mismo.
—¡Con Dios!— dijo Efim, y volvió a ponerse el sombrero.
—¡Adelante!