Guerra y Paz

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El postillón fustigó a los caballos; el de la derecha dio un tirón, chirriaron los muelles y el coche arrancó. Un lacayo saltó al pescante de la carroza en marcha. Al salir del patio, la carroza brincó sobre el empedrado; lo mismo ocurrió a los otros vehículos, y la comitiva enfiló la calle. Todos se persignaron al pasar por delante de la iglesia. Los criados que se quedaban en Moscú marchaban, acompañándolos, a los lados de los carruajes.

Pocas veces había experimentado Natasha una sensación alegre como la de aquellos instantes, sentada en el coche junto a su madre y mirando las fachadas de la inquieta y abandonada Moscú, que desfilaban lentamente ante sus ojos. De vez en cuando se asomaba a la ventanilla y paseaba la mirada por el largo convoy de heridos que los precedía. Casi a la cabeza de todos veía el toldo echado del coche del príncipe Andréi. Ignoraba quién iba allí, y cada vez que miraba la fila de sus carros, buscaba aquel coche con los ojos. Sabía que iba delante de todos.

En Kudrino, a la altura de las calles Nikítskaia, Presnia y Podnovinski, el convoy de los Rostov se encontró con otros semejantes; y por la calle Sadóvaia los coches y carros avanzaban ya en doble hilera.

Al dejar atrás la torre de Sújarev, Natasha, que seguía mirando con curiosidad a cuantos pasaban a pie o en sus coches, exclamó de pronto asombrada y feliz:


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