Guerra y Paz

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Y abriendo rápidamente la puerta salió decidido al balcón. Los gritos cesaron inmediatamente; todos se quitaron los sombreros y gorros y volvieron sus ojos hacia él.

—¡Hola, muchachos!— dijo el conde en voz alta y con rapidez. —Gracias por haber venido. Sólo un momento y estoy con vosotros. Pero antes debemos ocuparnos de un malvado. Debemos castigar al malvado que ha causado la pérdida de Moscú. Esperadme.

Y con la misma vivacidad volvió a entrar, cerrando de golpe el balcón. Por la muchedumbre corrió un murmullo de aprobación. “¡Va a terminar con todos los malhechores! Y tú decías que era francés… Va a poner las cosas en su punto”, decían como reprochándose mutuamente la propia desconfianza.

Unos minutos después se abrió la puerta principal para dar paso a un oficial que dio ciertas órdenes. Los dragones se cuadraron. La muchedumbre se acercó precipitadamente al porche. Rastopchin, con pasos rápidos y expresión iracunda, salió a la puerta y miró alrededor como buscando a alguien.

—¿Dónde está?— preguntó.


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