Guerra y Paz
Guerra y Paz Y diciendo eso descubrió junto a la esquina de la casa a un joven de largo y delgado cuello, con media cabeza rasurada y peluda la otra mitad, que avanzaba entre dos dragones. El joven vestÃa un corto chaquetón de piel de zorro cubierto de paño azul, antaño elegante, pero muy deteriorado, y viejos pantalones de presidiario, metidos en las cañas de unas botas sucias y gastadas. De las piernas, débiles y flacas, colgaban las cadenas, que dificultaban más aún sus vacilantes pasos.
—¡Ah!— dijo Rastopchin, apartando en seguida los ojos del joven de la chaqueta de piel de zorro. Indicó la última grada de la escalera y dijo: —Ponedlo aquÃ.
El joven, arrastrando las cadenas, subió con gran dificultad la grada y sujetó con un dedo el cuello de la pelliza, que le molestaba. Volvió por dos veces el largo cuello y suspiró; después, con gesto dócil, cruzó sobre el vientre sus delicadas manos, no acostumbradas al trabajo manual.
Mientras el joven hacÃa todo eso, hubo unos segundos de silencio. Sólo en las últimas filas, las de la gente allà apretujada, se oyeron toses, quejidos, exclamaciones y ruido de pisadas. Mientras colocaban al preso en el sitio indicado, Rastopchin permaneció con el ceño fruncido frotándose la cara con la mano.