Guerra y Paz

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—Muchachos— dijo después, con voz sonora y metálica. —Este hombre, Vereschaguin, es el miserable por cuya culpa perece Moscú.

El joven del chaquetón de piel permanecía en actitud resignada, con las manos sobre el vientre y la espalda ligeramente encorvada. Los ojos de aquel rostro enjuto, deformado por el cráneo a medio rasurar, de expresión desalentadora, permanecían fijos en el suelo. A las primeras palabras del conde levantó lentamente la cabeza, miró al gobernador de abajo arriba, como si quisiera decirle algo o por lo menos encontrarse con su mirada. Pero Rastopchin no lo miraba. Bajo la piel de su largo y delgado cuello, detrás de la oreja, se veía una vena hinchada y azul. De pronto, su rostro enrojeció.

Todas las miradas estaban fijas en él. Volvió los ojos a la muchedumbre y, como si lo animara la expresión que leía en todos aquellos rostros, sonrió triste y tímidamente, bajó de nuevo la cabeza y acomodó mejor sus piernas.





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