Guerra y Paz

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El sacudió negativamente la cabeza y siguió adelante. En otro callejón, un centinela puesto junto a un armón verde le gritó algo. Sólo después de otro grito de amenaza y del ruido del gatillo montado por el centinela comprendió Pierre que debía pasar a la acera de enfrente. No veía ni oía nada en derredor. Como si todas las cosas le fueran extrañas, con prisa y temor llevaba consigo su propio proyecto, cuidando —dada la experiencia del día anterior— de tenerlo siempre presente. Pero no pudo conservar su estado de ánimo hasta el lugar a que se dirigía. Además, aunque nadie lo detuviera, le habría sido imposible cumplir sus propósitos, porque hacía ya más de cuatro horas que Napoleón había entrado en el Kremlin por el barrio de Dorogomílov y Arbat. A esas horas, de peor humor que nunca, estaba en el gabinete imperial del Kremlin y daba detalladas órdenes acerca de las medidas que debían tomarse para extinguir el incendio, acabar con los merodeadores y dar seguridades a los ciudadanos. Pierre ignoraba todo eso. Absorto en su idea, se atormentaba como todos aquellos que emprenden un acto imposible, no por sus dificultades, sino por la incompatibilidad del proyecto con la naturaleza de su ejecutor. Lo atormentaba el temor de ser débil en el instante decisivo y que eso le hiciera perder la estima por su propia persona.



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