Guerra y Paz

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El príncipe Vasili pronunció estas últimas palabras con voz llorosa. Bilibin examinaba atentamente sus uñas; otros parecían turbados y se preguntaban en qué consistiría su culpa. Anna Pávlovna anticipó en un susurro, como las viejas hacen con las preces de la comunión: “Que ese Goliat arrogante y audaz…”.

El príncipe Vasili siguió leyendo:

—“Que ese Goliat arrogante y audaz, llegado de las fronteras de Francia, rodee las tierras de Rusia con los horrores de la muerte. La humilde fe, como la honda del David ruso, derribará de improviso la cabeza de su orgullo sanguinario. Ofrendamos a Vuestra Majestad esta imagen de San Sergio, el secular defensor del bien de nuestra patria. Lamento que mis exiguas fuerzas me priven del placer de contemplar y admirar vuestro augusto rostro. Elevo al cielo fervientes plegarias para que el Omnipotente dé fortaleza a la generación de los justos y cumpla todos los deseos de Vuestra Majestad.”

—Quelle force! Quel style!— dijeron todos, en alabanza del lector y del autor del mensaje.

Exaltados por aquella lectura, los invitados de Anna Pávlovna comentaron durante largo rato la situación de la patria, haciendo diversas suposiciones acerca del éxito de la batalla que habría de librarse uno de aquellos días.


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