Guerra y Paz

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Todos se volvieron hacia él, sin comprender lo que pretendía decir. El príncipe Hipólito miró alrededor con alegre sorpresa. Tampoco él, como los demás, comprendía el significado de sus palabras. Durante su carrera diplomática había observado más de una vez que las frases dichas sin venir a cuento resultaban muy ingeniosas; y precisamente por ello había dicho ahora lo primero que le vino a la lengua. “Tal vez resulte bien, y si no, ya sabrán arreglarlo”, pensó. Y, en efecto, en medio del silencio embarazoso que se produjo, entró en la sala aquel personaje no lo suficientemente patriótico a quien Anna Pávlovna deseaba convertir. Sonriendo a Hipólito y amenazándolo con el dedo, invitó al príncipe Vasili a venir a la mesa, le llevó dos candelabros, el manuscrito y le rogó que comenzara a leer. Todos guardaron silencio.

—“Muy augusto Soberano y Emperador— comenzó severamente el príncipe Vasili, mirando a todos como para asegurarse de que nadie tenía nada que objetar. No se oyó ni una sola palabra. —La primera capital del reino, Moscú, la nueva Jerusalén, recibe a su Cristo— subrayó la palabra su— como una madre que, teniendo en brazos a sus fieles hijos, prevé a través de las tinieblas la espléndida gloria de tu imperio y canta entusiasta: ¡Hosanna! ¡Bendito seas!”


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