Guerra y Paz

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“Qué buenos son todos —pensaba Pierre—, ocupándose ahora de esos asuntos míos que ya no pueden interesarles.”

Aquel mismo día recibió a un jefe de policía que venía a rogarle que enviara a un hombre de confianza para recoger objetos que se iban a distribuir entre los propietarios.

“También éste —pensó Pierre, mirando al policía—. ¡Qué oficial tan simpático y guapo! Ahora se preocupa de estas bagatelas, y decían que no era honrado, que se aprovechaba de su posición. ¡Tonterías! Aunque, ¿por qué no iba a hacerlo? Se ha educado así, y todos hacen lo mismo. ¡Qué simpático parece, qué cara más agradable, me mira y sonríe!”

Pierre fue a comer a casa de la princesa María.

Al cruzar las calles entre los edificios incendiados admiró la belleza de aquellas ruinas. Las chimeneas de las estufas, las paredes derruidas, que le recordaban los pintorescos lugares del Rin o el Coliseo, se sucedían ocultándose unas a otras en los barrios ennegrecidos. Los cocheros y peatones con quienes se encontraba, los carpinteros que aserraban las vigas, los tenderos y vendedores ambulantes, todos miraban con rostros alegres y sonrientes a Pierre y parecían decir: “¡Ahí está! ¡Veremos lo que resulta de todo eso!”.


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