Guerra y Paz
Guerra y Paz En el umbral de la casa de la princesa María, Pierre dudó de pronto. ¿Se habría visto aquí con Natasha? ¿Había hablado con ella? “Tal vez lo he soñado —se dijo—, quizá entre y no encuentre a nadie.” Pero apenas hubo entrado en la habitación sintió, con todo su ser, la presencia de Natasha por la inmediata pérdida de su libertad. Natasha vestía el mismo traje negro, de amplios pliegues, y estaba peinada como la víspera, pero no era la misma. Si el día anterior la hubiera visto así, la habría reconocido en seguida.
Ahora estaba como cuando la conoció casi niña y cuando era la prometida del príncipe Andréi. Una luz risueña, interrogante, brillaba en sus ojos y en su rostro había una expresión cariñosa, extraña y juguetona. Pierre comió con ellas y habría permanecido más tiempo, pero la princesa María iba a las vísperas y Pierre las acompañó.