Guerra y Paz
Guerra y Paz Al dÃa siguiente volvió temprano y estuvo con ellas toda la velada. A pesar de la alegrÃa que sentÃan las dos al verlo y de que toda la vida de Pierre se concentraba ahora en aquella casa, al anochecer todos los temas habÃan sido agotados y la conversación comenzó a languidecer; pasaba de un asunto baladà a otro y se interrumpÃa con frecuencia. Pierre se quedó hasta tan tarde que la princesa y Natasha se miraban, como preguntándose cuándo se irÃa; Pierre se daba cuenta, pero no podÃa irse. Le resultaba violento, pero seguÃa allà porque no podÃa levantarse y marchar.
La princesa MarÃa, que no veÃa el fin de todo aquello, fue la primera en levantarse y, quejándose de jaqueca, tendió la mano a Pierre.
—Entonces, ¿se va mañana a San Petersburgo?
—No, no me voy— contestó presuroso, sorprendido y como ofendido. —Aunque sÃ, mañana; pero no me despido de ustedes, pasaré a recoger sus encargos— añadió, quedándose de pie ante la princesa, muy ruborizado y sin decidirse a marchar.
Natasha le tendió la mano y salió. La princesa MarÃa, en vez de retirarse, se dejó caer en el sillón y con sus ojos profundos y luminosos miró con atenta seriedad a Pierre. HabÃa desaparecido del todo el anterior cansancio. Suspiró larga y profundamente, como preparándose a una prolongada conversación.