Guerra y Paz
Guerra y Paz La turbación y el embarazo de Pierre desaparecieron en cuanto se fue Natasha. Inquieto y animado, acercó rápidamente su butaca a la butaca de la princesa.
—SÃ, le querÃa decir— comenzó, contestando a su mirada. —Ayúdeme, princesa. ¿Qué debo hacer? ¿Puedo confiar? Escúcheme, amiga mÃa. Lo sé todo; sé que no la merezco, que es imposible hablar de eso ahora. Pero deseo ser como un hermano. No, eso no… no lo quiero, no puedo…
Se detuvo un instante y se frotó los ojos y la cara con las manos.
Después, haciendo visibles esfuerzos para hablar de manera coherente, prosiguió:
—No sé desde cuándo la amo; pero la he amado durante toda mi vida, tanto, que no puedo imaginarme la existencia sin ella. No me atrevo a pedir su mano ahora, pero el solo pensamiento de que podrÃa ser mÃa y de que perderÃa esa posibilidad… esa posibilidad… es terrible. DÃgame, ¿puedo tener esperanza? ¿Qué debo hacer? Querida amiga…— añadió tras un breve silencio, tocándole el brazo porque ella, abstraÃda en sus pensamientos, no contestaba.
—Pienso en lo que usted me ha dicho— respondió la princesa MarÃa. —Tiene usted razón, hablarle ahora de amor…