Guerra y Paz
Guerra y Paz La princesa María se detuvo. Quería decir: “es imposible ahora”, pero no siguió porque desde hacía tres días observaba, por el cambio operado en Natasha, que el amor de Pierre, lejos de ofenderla, era lo único que deseaba.
—Hablarle ahora… no puede ser— dijo, sin embargo.
—Entonces, ¿qué debo hacer?
—Confíe en mí— respondió la princesa. —Yo sé…
Pierre la miró a los ojos.
—Sí, sí…
—Sé que ella lo ama… que lo amará…— rectificó.
No había terminado de decir esas palabras cuando Pierre se puso en pie de un salto con cara de susto y sujetó la mano de la princesa.
—¿Por qué dice usted eso? ¿Cree que puedo esperar? ¿Lo cree?
—Sí, lo creo— sonrió la princesa María. —Escriba a los padres de Natasha y, por lo que respecta a ella, confíe en mí. Le hablaré en el instante oportuno. Lo deseo y mi corazón presiente que será así.
—¡Oh, no, no es posible! ¡Qué feliz soy! ¡Pero eso no puede ser!… ¡Qué feliz soy!— exclamó Pierre, besando las manos de la princesa.