Guerra y Paz

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—Pues no habrá que esperar mucho. Lo llevaré este mismo verano a San Petersburgo— dijo Nikolái. —Sí, Pierre fue siempre un soñador y lo sigue siendo— volvió a la conversación del despacho, que evidentemente le había producido inquietud. —¿Qué puede importarme a mí que Arakchéiev no sea bueno? ¿Qué podía importarme todo esto cuando me casé, agobiado por las deudas y a punto de ser metido en la cárcel y con una madre que no lo veía ni comprendía? Y además, estás tú, y los niños, y la dirección de las fincas. ¿Acaso es para mí un placer estar ocupado desde la mañana hasta la noche en el campo y en la oficina? Nada de eso; pero sé que debo trabajar para que mi madre esté tranquila, para estar contigo y para que mis hijos no pasen las miserias que he pasado yo.

La condesa María quería objetar que el hombre no vive sólo de pan, y que él daba demasiada importancia a esos asuntos, pero sabía que eso no era necesario y decirlo habría sido inútil. Tomó la mano de su marido y la besó. El interpretó ese gesto como un apoyo y confirmación de sus ideas. Después de una breve reflexión, continuó pensando en voz alta:

—¿Sabes, Mary? Iliá Mitrofánich (era el administrador general) ha llegado hoy de la hacienda de Tambov y dice que ofrecen ya ochenta mil rublos por el bosque.

Y, con rostro animado, comenzó a hablar de la posibilidad de recuperar Otrádnoie en breve plazo.


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