Guerra y Paz

Guerra y Paz

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Rostov miró por la ventana y vio a Denísov que se acercaba a la casa. Denísov era pequeño, de rostro colorado, ojos negros y brillantes, alborotados los cabellos y bigotes negros. Llevaba la guerrera desabrochada, calzones bombachos y el gorro de húsar chafado e inclinado hasta la nuca. Se acercaba con el rostro serio y la cabeza gacha.

—¡Lavrushka!— gritó con voz fuerte y gangosa. —¡Quítame ya eso, imbécil!

—¡Es lo que estoy haciendo!— respondió Lavrushka.

—¡Ah! ¿Ya estás levantado?— dijo Denísov, entrando en la habitación.

—Y no hace poco— replicó Rostov. —Fui ya por el forraje y he visto a Fräulein Mathilde.

—¡Vaya! Pues yo, hermano, toda la noche estuve perdiendo como un hijo de perra— gritó Denísov. —¡Una desgracia! ¡Una verdadera mala suerte!… En cuanto te fuiste, todo empezó a ir mal. ¡Eh, trae té!

Denísov, con un gesto que parecía una sonrisa, dejando ver sus dientes pequeños y fuertes, hundió los cortos dedos de ambas manos entre sus cabellos negros e hirsutos como un bosque.


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