Guerra y Paz

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—¡Es el diablo quien me llevó a casa de aquella rata!— añadió, refiriéndose a cierto oficial y pasándose las manos por la frente y la cara. —¡Figúrate que ni un solo naipe, ni uno solo me ha venido en toda la noche!

Tomó la pipa encendida que le daba el ordenanza, la apretó en el puño, dejando caer el fuego, golpeó con ella el suelo y siguió gritando:

—¡Simples ganas, dobles pierdes! ¡Te cede los simples, te mata a los dobles!

Se le cayó el resto del tabaco, rompió la pipa y la tiró.

Luego cesó en sus gritos y con sus brillantes ojos negros miró alegremente a Rostov.

—¡Si por lo menos hubiera mujeres! ¡Pero lo único que uno puede hacer aquí es beber! Si al menos nos batiésemos pronto… —¡Eh! ¿Quién está ahí?— gritó al oír unas pisadas fuertes, ruido de espuelas y una respetuosa tosecilla.

—El sargento— anunció Lavrushka.

Denísov crispó aún más el rostro.

—¡Mal vamos!— dijo, echando a Rostov una bolsita con algunas monedas de oro. —Haz el favor de contar lo que hay ahí dentro y ponlo debajo de la almohada.

Salió a ver al sargento. Rostov cogió la bolsa y, apilando maquinalmente las monedas de oro nuevas y viejas, se puso a contarlas.


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