Guerra y Paz
Guerra y Paz —Sí, sí, por favor— aceptó Rostov.
—Lo haré, lo haré, no es ningún secreto. Y del caballo quedará usted contento.
—Voy a decir que lo traigan— dijo Rostov, impaciente por librarse de Telianin. Y salió para dar la orden.
En el zaguán, Denísov, con otra pipa en la boca, permanecía sentado en el umbral, escuchando el informe del sargento.
Al ver a Rostov, Denísov frunció el ceño y, señalando la habitación donde había quedado Telianin, hizo una mueca de disgusto y repulsión.
—No puedo aguantar a ese tipo— dijo sin hacer caso de la presencia del sargento.
Rostov se encogió de hombros como diciendo: “Tampoco yo, pero ¿qué le vamos a hacer?”, y después de dar las órdenes volvió a reunirse con Telianin.
Telianin mantenía la misma postura indolente de antes, cuando salió Rostov, y se frotaba sus pequeñas y blancas manos.
“Hay fisonomías repulsivas”, pensó Rostov al entrar.
—¿Qué, ha mandado que traigan el caballo?— preguntó Telianin levantándose y mirando en derredor con desenfado.
—Sí.