Guerra y Paz

Guerra y Paz

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—Vamos entonces. Me había acercado para preguntar tan sólo a Denísov sobre la orden de ayer. ¿La ha recibido, Denísov?

—No, todavía no. ¿Adónde va?

—Quiero enseñar a este joven cómo se pone un remache— replicó Telianin.

Salieron al patio y pasaron a la cuadra. El teniente ensenó a Rostov la manera de hacerlo y se fue.

Cuando Rostov volvió a la habitación, había sobre la mesa una botella de vodka y embutidos. Denísov estaba sentado y escribía haciendo chirriar la pluma sobre el papel. Miró a Rostov con aire sombrío.

—Le escribo a ella— dijo.

Apoyó los codos en la mesa, con la pluma en la mano, y, contento de poder explicar de palabra cuanto pensaba escribir, expuso detalladamente a Rostov el contenido de su carta.

—Ya ves, amigo— comentó, —estamos como dormidos cuando no amamos. Somos hijos de la nada… Pero cuando nos enamoramos somos dios, puros como el primer día de la creación… ¿Quién es ahora? ¡Mándalo al diablo! ¿No tengo tiempo?— gritó a Lavrushka, que se le acercaba sin temor alguno.

—Pero… ¡lo mandó venir usted mismo! Es el sargento que viene por el dinero.

Denísov frunció el ceño, quiso gritar algo, pero no llegó a hacerlo.


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