Guerra y Paz
Guerra y Paz Y preguntó a Lavrushka:
—¿Dónde está?
—Yo ni siquiera entré aquÃ… Tiene que estar donde la pusiera.
—Pues no está.
—Siempre hacen lo mismo; dejan las cosas en cualquier parte y después se olvidan. MÃrense los bolsillos.
—No, si no hubiese pensado en lo del tesoro, tal vez; pero me acuerdo bien de haberla dejado aqu× aseguró Rostov.
Lavrushka deshizo toda la cama, miró debajo, buscó por toda la habitación y por último se detuvo en medio de la estancia. DenÃsov seguÃa en silencio los movimientos de Lavrushka, y cuando éste hizo un gesto de asombro, como explicando que la bolsa seguÃa sin aparecer, miró fijamente a Rostov.
—Rostov, deja ya de jugar…
Rostov, que sentÃa sobre sà la mirada de DenÃsov, levantó los ojos, pero los bajó en seguida. Toda la sangre que le afluÃa a la garganta le invadió los ojos y el rostro. Apenas podÃa respirar.
—En esta habitación sólo estuvo el teniente y usted. Tiene que estar aquÃ, en alguna parte— dijo Lavrushka.