Guerra y Paz

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Ambos guardaron silencio. En la misma sala había dos alemanes y un oficial ruso. Todos callaban y no se oía más que el ruido de los cuchillos sobre los platos y el de las mandíbulas del teniente al masticar.

Terminada su comida, Telianin sacó del bolsillo una bolsa doble. Separó los anillos con sus pequeños dedos blancos vueltos en las puntas, sacó una moneda de oro y, alzando con aire despreocupado las cejas, se la entregó al mozo.

—Date prisa, por favor— le dijo.

La moneda era nueva. Rostov se levantó y se acercó a Telianin.

—Permítame ver su bolsa— dijo con voz apenas perceptible.

Con su huidiza mirada, pero siempre con las cejas arqueadas, Telianin le tendió la bolsa.

—Sí, es una bonita bolsa… Sí… sí— dijo, palideciendo de pronto. —Mírela usted, joven— añadió.

Rostov tomó la bolsa; la examinó y miró el dinero que había dentro. Después levantó los ojos hacia Telianin. El teniente, como de costumbre, miraba a su alrededor y parecía repentinamente muy contento.

—Si llegamos a Viena, allí se quedará todo; pero aquí, en estas aldeas miserables, no sabe uno qué hacer con el dinero. Bueno, démela, joven, que me voy.

Rostov guardó silencio.


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