Guerra y Paz
Guerra y Paz —¿Ha venido también a comer? No se come mal— continuó Telianin. —Ea, démela.
Alargó la mano y cogió la bolsa. Rostov la soltó; Telianin lomó la bolsa y empezó a guardarla en el bolsillo de sus pantalones; sus cejas se alzaron negligentes y entreabrió la boca como si fuera a decir: “Sí, me guardo mi bolsa, esto es muy sencillo y no le importa a nadie”.
—Bien, joven— dijo suspirando; y sus ojos, bajo el marco de las alzadas cejas, se posaron en Rostov.
Una luz, como una chispa eléctrica, pasó de las pupilas de Telianin a las de Rostov y de las de Rostov a las de Telianin; y así, una y otra vez, todo en un instante.
—Venga aquí— dijo Rostov, agarrando a Telianin por el brazo, arrastrándolo casi hacia la ventana. —Ese dinero es de Denísov: ¿usted lo ha cogido?…— le susurró casi en el oído.
—¿Qué?… ¿Qué?… ¿Cómo se atreve?— exclamó Telianin.
Pero sus palabras sonaron como una desesperada súplica que imploraba perdón. Apenas hubo oído Rostov la voz de Telianin, desapareció de su alma la enorme duda que lo agobiaba. Se sintió feliz y compadeció al mismo tiempo al desgraciado que tenía delante; pero era necesario llegar hasta el fin.