Guerra y Paz
Guerra y Paz —¿Comprendes lo que dices?— exclamó con la misma voz temblorosa. —Nadie estuvo aquà más que yo. Asà pues, si estoy equivocado…
No pudo concluir, y salió de la habitación.
—¡Que el diablo os lleve a ti y a todos!— fueron las últimas palabras que oyó Rostov.
De allà se dirigió a la casa de Telianin.
—El señor no está en casa; ha ido al Estado Mayor— dijo el asistente. Y añadió, mirando con asombro el demudado rostro del joven oficial: —¿Ha pasado algo?
—No, nada.
—Por poco lo encuentra aqu× comentó el asistente.
El Estado Mayor estaba a unos tres kilómetros de Saltzeneck. Sin pasar por casa, Rostov montó a caballo y partió hacia allÃ. En la aldea donde se habÃa instalado el Estado Mayor habÃa una hosterÃa que solÃa ser frecuentada por los oficiales; Rostov se encaminó hacia allà y junto al porche vio el caballo de Telianin.
En una sala reservada estaba el oficial sentado a la mesa ante un plato de salchichas y una jarra de vino.
—¡Hola! ¿También usted por aquÃ, joven?— sonrió arqueando mucho las cejas.
—S× dijo Rostov, pronunciando con gran esfuerzo esa palabra. Y se sentó a la mesa vecina.