Guerra y Paz

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—Cuando la granada pasó tan cerca, abuelo, me quedé medio muerto— comentaba un joven soldado de enorme boca, conteniendo a duras penas la risa. —Te juro que me asusté de veras— y parecía jactarse de su propio miedo.

También éste pasó. Detrás venía un carro distinto de los demás. Era un carro alemán tirado por dos caballos y parecía llevar dentro una casa entera. Tras el carro, conducido por un alemán, iba una vaca de ubres enormes. Dentro del carro, sentadas sobre un edredón, iban una mujer con un niño de pecho, una anciana y una robusta muchacha alemana de rubicundo rostro. Estos paisanos habían conseguido evidentemente un permiso especial para pasar con las tropas. Los ojos de todos los soldados estaban fijos en las mujeres, y mientras el carro avanzaba despacio, paso a paso, todos sus comentarios se referían a ellas.

En todos los rostros vagaba la misma sonrisa, suscitada por los licenciosos pensamientos que provocaba la mujer.

—¡Mira! También se va el salchicha.

—¡Véndeme a la madre!— dijo, subrayando la última palabra, un soldado al alemán, quien, con los ojos en el suelo, avanzaba a grandes pasos, lleno de cólera y de miedo.

—¡Diablos! ¡Qué bien vestida va!

—Debías alojarte en su casa, Fedótov.


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