Guerra y Paz

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El ayudante de campo de servicio rogó al príncipe Andréi que esperara y se dirigió a informar al ministro de la Guerra. Volvió a los cinco minutos e, inclinándose con gran cortesía ante el príncipe Andréi, le cedió el paso y lo siguió a lo largo del corredor hasta el despacho del ministro. Con tan extrema cortesía, el ayudante parecía prevenirse contra cualquier intento de familiaridad de su colega ruso. La jubilosa sensación del príncipe Andréi había disminuido considerablemente al acercarse a la puerta del despacho del ministro. Se sentía ofendido y su estado de ánimo, sin darse entera cuenta de ello, cambió en un sentimiento de injustificado desprecio. Su ingenio agudo le ofreció al instante consideraciones que parecían autorizarlo a despreciar al ayudante de campo y al mismo ministro. “Debe parecerles muy sencillo alcanzar una victoria sin haber olido la pólvora”, pensó. Entornó los ojos con desprecio y entró con deliberada lentitud en el despacho. Esos sentimientos aumentaron al verse en presencia del ministro, sentado ante una gran mesa, que en los primeros dos minutos no se dignó prestarle atención. El ministro de la Guerra, de cabeza calva con sienes grises, leía entre dos velas unos papeles, subrayando, de vez en cuando, con lápiz. Dio por terminada la lectura sin levantar la cabeza, al abrirse una puerta y acercarse un rumor de pasos.



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